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Acerca de Fernando Serra

Fernando Serra
Dirección de Producción, Tecnología y Operaciones
Doctor en Dirección de Empresas y MBA, IESE, Universidad de Navarra
Ingeniero Industrial, UPC
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¿Cómo serán las ofertas de empleo para nuestros hijos?

De nuevo estamos en una crisis económica. Parece ser que en esto estamos ya todos de acuerdo. No será como las anteriores, muchas condiciones han cambiado, sin embargo inexorablemente presentará unos síntomas comunes: descenso de beneficios en las empresas e inestabilidad en el empleo, y al consecuencia son los ajustes de empleos por parte de las empresas.

En este contexto de incertidumbre, las empresas deben hacer todo lo posible para sobrevivir en un mercado globalizado para la mayoría de sus productos. Sobrevivir es mantener los clientes y su carga de trabajo, mantener la capacidad inversora generando beneficios para garantizar la actividad futura, etc., y todo ello perdiendo el mínimo capital humano.

Creo que las empresas van sabiendo como actuar para defender sus intereses. Lo que me viene preocupando cada vez más es el convencimiento de que la situación futura no depende sólo de lo que hagan las empresas, sino también de los sindicatos, los políticos, organizaciones civiles y de los propios empleados individualmente. Las señales que estos colectivos dan no siempre son esperanzadoras y a menudo parecen más bien actuaciones oportunistas para conseguir réditos inmediatos que reflexiones de largo recorrido que tiendan a resolver el problema. Con este artículo pretendo aportar un grano de arena a esta reflexión histórica.

Históricamente la situación del mercado laboral ha seguido los ciclos de la economía, con especial énfasis en determinados sectores en cada momento, por ejemplo, pérdida de empleo masivo en la agricultura en la primera mitad del siglo pasado, a continuación pérdida de gran cantidad de empleos de la industria textil en Catalunya, etc., ¿Estamos hoy frente a lo que puede ser el principio de la pérdida de la industria auxiliar del automóvil? Probablemente sí. Lo que han tenido en común estas industrias en sus momentos de esplendor es que se basaban en una situación localmente ventajosa de costes de producción y una cercanía al mercado (local, pero suficiente). En estas condiciones siempre llega el momento en que la ventaja de los costes de producción se pierde a favor de otra colectividad más desfavorecida y la aparición de mercados mayores y alejados desplazan el centro de gravedad del consumo. En suma, se crean las condiciones para la migración masiva de las industrias basadas en costes. Japón, a pesar del gran desarrollo de métodos de gestión enfocados a la eficiencia, no ha podido evitar esta migración masiva.

Todo esto es resultado de la globalización, como también lo es que media población mundial hoy tenga expectativas de alcanzar una vida digna aunque sea a costa del descenso de otros, o que nosotros hoy formemos parte del mundo privilegiado. Hasta no hace mucho tiempo estas desigualdades eran motivo de grandes guerras. Hoy la humanidad no acepta resolver estos problemas a la vieja usanza, y por lo tanto Japón debe ceder la producción de coches, televisores, motocicletas, etc.,  a China o al Sudeste asiático.

Volvamos por un momento a nuestro entorno y a nuestras industrias, ¿qué va a pasar con la industria auxiliar del automóvil en España/Europa Occidental?

Estamos en situación de bajo crecimiento de la población, exceso de capacidad de producción instalada para fabricar automóviles en la zona en cerca de un 30% según diversos autores, los mercados europeos están cerca de la saturación, posible reestructuración de la industria ensambladora en “minimills”, etc., y además aparece una zona con fuertes expectativas a corto plazo como es la Europa del Este, a la que por otra parte hay que ayudar a elevar su renta para evitar males mayores, globalizándo. Parece claro, ¿no?. Nos acercamos a una fuerte reestructuración del sector en la zona.

Por si acaso el lector cree que exagero, permítame profundizar un poco más: la oferta de empleo en producción de la industria textil fue mayoritariamente de un contenido elemental, con necesidad de pocos conocimientos sofisticados, lo mismo ocurre con la industria auxiliar del automóvil, etc. Este es el tipo de industria que, una de dos, o migra en busca de mano de obra barata o bien atrae mano de obra barata, … o deja de existir. Si presumimos que el europeo (ya lo somos y con todos los derechos) no ha llegado hasta aquí para ahora aceptar ser competitivo con un ciudadano de un país de economía emergente, ilustraremos algo más la reestructuración que viene.

Mi reflexión no pretende ser catastrofista, sino todo lo contrario, deseo ser consecuente con el ansia de calidad de vida de la humanidad, que nos ha traído hasta aquí, venciendo por el camino multitud de situaciones indignas. Por lo tanto, mi reflexión debe finalizar aportando algunas ideas sobre la salida de esta situación.

Siendo coherentes, ¿cuáles serán los empleos que quedarán y/o  crecerán en nuestra zona económica?  En primer lugar aquellos derivados de la ventaja del conocimiento y no únicamente del coste, un tipo particular de estos son aquellos derivados del hecho de tener empresas con sus cuarteles generales en nuestra área y que permanezcan aquí aunque sea migrando parte de sus actividades, es decir apoyándose en la globalización. En segundo lugar,  empleos derivados de sectores de servicios difícilmente globalizables, caso particular de esto es la oferta turística en la medida que sea diferencial.

No me atrevo a sugerir “medidas a tomar”, pero sí actitudes colectivas positivas y proactivas frente a los escenarios descritos, y entre ellas estarían:

  • Dar importancia a la formación de nuestra junventud por encima de otras muchas cosas. Esta formación debe estar diseñada de forma que proporcione herramientas para actuar humanamente en el entorno en que se van a encontrar, proporcionando valores clásicos que en ocasiones parecen haber perdido la estima de la colectividad, lo que nos lleva a generar “hijos de la nueva burguesía”.
  • Esta formación debe estar enfocada hacia los contenidos que harán falta en los escenarios de futuro, ofreciendo educación de interés para los centros de decisión en el futuro.
  • Comprender el proceso de globalización de las empresas con centros de decisión aquí y apoyarlas a que lo recorran con la máxima solidez y solvencia.
  • Dotarnos de infrestructuras que potencien nuestra competitividad en estos escenarios: comunicaciones (AVE, aeropuerto), logísticas, universitarias, centros tecnológicos (Idyada, sincrotrón, etc), etc.
  • Fomentar la instalación de empresas u organizaciones con oferta de empleos del conocimiento: centros de diseño, etc
  • Potenciar los servicios profesionales de alta cualificación: sanidad, turismo de calidad, etc.

Todo ello son, como decía, actitudes colectivas que deberían ser conocidas, practicadas y predicadas por los colectivos implicados. Pero no crea el lector que me olvido del individuo, el empleado de 50 años que es “globalizado” con toda naturalidad. El problema para él se plantea en dos niveles, en primer lugar su vida (no sólo sus ingresos) corre elevado riesgo y nuestra sociedad debe ser solidaria con esto, aunque nunca podrá pasar más allá de medidas cuantitativas. En segundo lugar la vida de sus hijos. Tendrá, para esto, que hacer gala de una valentía probablemente heroica. Deberá tenerlo muy claro. El camino de la vida de nuestros hijos, por su origen, no puede estar basado en “derechos” que no pueden ser garantizados por nadie, ya que como sociedad avanzada nos ha tocado (y más a ellos), ser el motor de la globalización “reparadora”, tanto si se quiere como si no. De lo contrario serán simplemente globalizados.

Estimado lector, si mi reflexión demuestra con los años haber estado muy alejada de la realidad,  habrá sido mejor para nosotros, los de 50, y peor para nuestros hijos.

Barcelona, marzo 2002

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